24 de junio de 2011

Las mentiras de la crisis

¿No es sorprendente que nadie escuchara a Joseph Stiglitz, Nobel de Economía en 2001, cuando fue uno de los pocos economistas que desde 2007 fue claro a la hora de predecir la crisis? ¿Por qué nadie le hizo caso y, es más, siguen sin hacerlo? ¿Qué está pasando? Muy sencillo: no quieren decir la verdad. Las mentiras y los engaños continuados se han convertido en la principal característica de esta crisis, persiguiendo un único objetivo: la desmovilización ciudadana ante el reforzamiento del poder de los de siempre.

La fórmula se aplicó desde el principio. Políticos y responsables económicos quitaron siempre importancia a la situación. Zapatero negó durante largo tiempo que hubiera una crisis, como mucho “desaceleración”, argumentaba. Pero no fue el único, pues el propio Rodrigo Rato, desde el FMI, hablaba de la “favorable situación económica mundial” 2007. ¿Estaban en la inopia los funcionarios mejor pagados del mundo, los economistas más reputados eran simplemente ignorantes e incompetentes o sencillamente mentían?

John Stiglitz
Un poco de todo. Estos dirigentes y economistas solo leen aquellos informes que apoyan sus teorías, táctica que también desarrollan los economistas pagados por las grandes empresas y los bancos, haciendo oídos sordos a gente como Stiglitz, que durante años avisó de la que se avecinaba. 


Nadie pudo prever la crisis”, repiten sistemáticamente para intentar convencernos. Pues no, la crisis se podía prever fácilmente, como hizo el Nobel de Economía. A medida que se fueron liberalizando los mercados financieros, en la década de los 70’, para dar así plena libertad a los movimientos de capital, las crisis financieras de todo tipo han sido constantes. Muchos economistas, con datos objetivos sobre la mesa, avisaron a sus autoridades de lo que estaba ocurriendo, pero éstos se cruzaron de brazos porque lo único que buscaban no era servir a los intereses públicos, sino a las grandes empresas y corporaciones financieras, que solo querían más libertad de movimientos y menos regulación.

El ejemplo más claro es el de Brooksley Born, que fue presidenta de la Commodity Futures Trading Comission de Estados Unidos a finales de la década de 1990. Compareció numerosas veces ante el Congreso de EEUU para reclamar la regulación de los llamados productos derivados (hipotecas basura), pero no obtuvo más que negativas y votos en contra de los dirigentes económicos de Clinton y Bush. Era mujer y sensata, la despreciaban. Otro claro ejemplo es el de Jaime Caruana, gobernador del Banco de España nombrado por el Partido Popular, sin olvidar tampoco al ministro socialista Pedro Solbes, ese que negó la crisis y ahora asesora al banco Barclays. Bueno, el señor Caruana fue advertido de la crisis por los inspectores del Banco de España y no hizo nada. Cuando los inspectores lo denunciaron, el PP lo recolocó en el Fondo Monetario Internacional, junto a Rodrigo Rato. ¿Tontos o demasiado listos?

Sin duda, el momento más divertido de esta crisis fue cuando el G20, en su primera reunión tras el estallido, anunció que las instituciones financieras “iban a cargar con su responsabilidad” en la confusa situación que se estaba viviendo. “Reconocerán sus pérdidas, aumentarán su transparencia y mejorarán sus prácticas de gobierno interno y gestión del riesgo”, anunciaba un ridículo G20. Pero nada más lejos de la realidad. En lugar de aumentar la transparencia de la banca, las autoridades permitieron que valorase sus activos deteriorados a precio de adquisición y no al actual de mercado, lo que supone un engaño gigantesco a sus clientes y al conjunto de la sociedad.

Rodrigo Rato
Y para más inri, en lugar de hacer que los bancos cargaran con su responsabilidad se adoptó el criterio de que había que salvarlos. Así que se concedió a los irresponsables billones de euros y dólares que todavía endeudaron más a los Estados. Según Intermon Oxfan, con lo invertido para salvar a los bancos, se podría haber acabado con la pobreza del mundo durante 50 años. Año y medio más tarde, los especuladores han puesto contra las cuerdas a naciones soberanas y los organismos internacionales denuncian que de nuevo provocan subidas especulativas de precios en los mercados de materias primas, algo que dará lugar a millones de muertes adicionales por falta de alimentos.

También prometió aquel G20 acabar con la era del secreto bancario y erradicar los paraísos fiscales. Y más bien, todo lo contrario, se ha suavizado la definición más estricta de paraíso fiscal que elaboró la OCDE en 2000, mientras que el secreto bancario se practica sin problemas. Conclusión: los Estados han trabajado para los bancos y el resultado salta a la vista: todo sigue igual y sus beneficios se disparan mientras que bajan los salarios y aumenta y se encarece la deuda que habrán de pagar las personas corrientes por su culpa.

“Hay que salvar a los bancos”

Se le dio la vuelta a la tortilla. Los bancos, que habían estado colocando en los mercados millones de hipotecas muy arriesgadas de personas que no podrían seguir pagando si cambiaba a peor la situación, pidieron ayuda ante la inminente crisis financiera. Y los Estados, en vez de dejarlos a su suerte, como habría ocurrido con cualquier empresa, cedieron a su poder y los salvaron a base de miles de millones. Un dinero que los bancos usaron para tapar sus enormes agujeros y no para destinarlo a la creación de actividad y empleo como habían asegurado a los gobiernos. Eso provocó el cierre de miles de empresas y el aumento desmesurado del desempleo.

Cuando salvar a la banca no fue suficiente, los gobiernos se vieron en la obligación de poner en marcha programas masivos de gasto para evitar el colapso de las economías (Plan E en España). Es decir, hubo nueva explosión de la deuda pública, o lo que es lo mismo, un nuevo meganegocio bancario. El incremento del gasto público para salvar a la banca por un lado, y para evitar el colapso, por otro, añadiendo la pérdida de ingresos públicos como consecuencia del descenso de actividad económica, produjeron un incremento extraordinario del déficit y de la deuda pública. Así que a los Estados no les quedó otra que volver a recurrir a los mercados, es decir, a los mismos bancos y fondos financieros que provocaron la crisis. Y al financiar estas deudas inmensas de los Estados, bancos y fondos especulativos volvieron a situarse en una situación de privilegio frente a los gobiernos.

Y, como tal, presionaron: obligaron a los Estados a abandonar los programas de rescate de la economía y a aplicar medidas liberalizadores que abarcaban desde los recortes sociales, la reforma del mercado laboral para facilitar la posición y el beneficio de las grandes empresas, reforma de las pensiones para incentivar al máximo la presencia de los bancos y seguros privados, o reforma de los servicios públicos para ponerlos a disposición del capital privado. ¿Y si los Estados no aceptaban? Sencillo: no habría financiación de la deuda.

¿No hay otra solución?

Otra mentira que se ha soltado a diestro y siniestro es la de decir a la población que no hay otra solución que las reformas orientadas a recortar los derechos sociales que se están llevando a cabo. Pero es mentira que haya que disminuir el gasto para salir de la crisis porque los déficit y la deuda no se han producido porque los gobiernos sean unos manirrotos, sino por esta ayuda salvaje a los bancos y por el intento inútil de evitar el colapso endeudándose más. En España había superávit presupuestario y nuestro gasto social está muy por debajo de la media de los países de nuestro entorno.

También es falso que la reforma laboral que se aprobó siguiendo las propuestas de la gran patronal y la banca, sea conveniente para disminuir el paro y salir de la crisis. Puede ser que a una empresa concreta le convenga que el coste del trabajo (salario y cotizaciones sociales) sea más reducido, pero para todas las empresas en su conjunto la caída de la masa salarial es perjudicial porque el salario se transforma casi en su totalidad en demanda para las empresas. Es decir, cuanto menor sea el salario, menor serán las ventas y los beneficios de las empresas.

Y si las empresas no disfrutan de demanda, no crearán empleo. Solo se salvarán las grandes empresas, que pueden encontrar demanda en los mercados internacionales y por eso son las que apuestan por bajar la masa salarial en España; pero el 80% de las empresas de este país, que son pymes, resultarán perjudicadas porque ellas necesitan un amplio mercado interno para salir adelante.

El problema de España está en el modelo de crecimiento, en el predominio de actividades de bajo valor añadido y dependiente, en el tamaño tan reducido de las empresas como consecuencia del gran poder que tienen las más grandes, en la falta de formación de gran parte de la población y en la escasez de capital social que pueda dinamizar la formación y la innovación y que permita competir por una vía diferente a la de abaratar la mano de obra, en la gran oligopolización de los mercados o en el excesivo poder político de la banca. Y esos son los problemas a acatar.

Recortar las pensiones

Y además, han aprovechado la situación para recortar las pensiones con el objetivo de disminuir su poder adquisitivo y así hacer más necesario el ahorro privado que controlan los bancos (los famosos planes de pensiones). Es cierto que el gasto público en pensiones aumenta a medida que envejece la población, pero también ocurre, y esto es lo que nadie cuenta, que a medida que se va dando este proceso de desarrollo aumenta también la productividad, de modo que un volumen de personas empleadas cada vez menos numeroso puede sostener con su actividad a mayor número de personas inactivas.

Se miente porque si de verdad se quisiera garantizar el equilibrio financiero del sistema público de pensiones no se deberían poner sobre la mesa solo propuestas para la reducción de los gastos, sino también otras dirigidas a incrementar los ingresos del sistema.

¡¡Hay que decir basta!!

Las autoridades y los financieros mintieron antes de la crisis cuando afirmaban que los mercados serían capaces por sí solos de hacer frente a cualquier riesgo financiero. Mintieron las agencias de calificación al calificar como buenas las hipotecas basura. Mienten los líderes políticos y los economistas que trabajan financiados por la banca y las grandes empresas cuando dicen que hay que privatizar las cajas de ahorros para salvarlas, cuando han sido los bancos privados los causantes de la crisis y lo que hay que hacer, por el contrario, es disponer de una banca pública que no reproduzca sus irresponsabilidades. Y, en definitiva, mienten los que nunca han acertado haciendo previsiones ni adelantándose a la crisis y ahora nos dicen que saben cómo salir de la crisis y lo que pasará con las pensiones dentro de cincuenta años.

Por todo esto, para acabar con los mentirosos, para que se investigue el comportamiento y la responsabilidad de los banqueros y el de las autoridades que ocultaron lo que se estaba gestando y permitieron que la economía se viniera abajo, hay que salir a la calle. Para impedir que miles de familias sigan perdiendo sus casas y sus patrimonios por la avaricia y los engaños de la banca. Y para poner fin a las políticas de recortes de derechos, porque no es verdad que nos vayan a sacar del hoyo donde nos han metido los multimillonarios y los grandes capitales, sino que nos van a hundir más aún. Aún estás a tiempo, sal a la calle. ¡No te dejes engañar!

Resumen del artículo “Una crisis de verdad y muchas mentiras como respuesta” de Juan Torres, doctor en Ciencias Económicas y Empresariales y catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Sevilla, publicado en el libro Reacciona.

P.D. Resalto en verde enlaces para corroborar la información

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